Pasos para fortalecer la autoestima

¿Cuánto tiempo pasas al día comparándote con los demás? ¿Cuántas veces te encuentras entre pensamientos rumiativos sobre lo poco o mucho “cualquier adjetivo” que eres en comparación con tal o cual persona? ¿Cuándo fué la última vez que te dijiste “soy un desastre”, “soy lo peor” o “soy inútil”? Tranquilidad, si te ocurre frecuentemente no eres la única persona, ¡a todo el mundo le pasa! Parte de ser humanos supone la necesidad de sentirnos valiosos, sentirnos dignos de ser amados, de ahí que estemos continuamente valorándonos, comparándonos y juzgándonos, para ver si cumplimos las expectativas que nos imponemos tanto nosotros como la sociedad. El problema es que a veces esta necesidad de encajar y de ser valioso se torna en algo autodestructivo, impidiendo nuestro bienestar y sumiéndonos en una situación constante de menosprecio y autodevaluación. Si nos ocurre con demasiada frecuencia o intensidad, es un indicativo de que nuestra autoestima está dañada.   

¿Qué es la autoestima? 

La autoestima es la valoración que hacemos de nuestro autoconcepto o, en otras palabras,  cuánto valoramos la imagen que tenemos de nosotros mismos. El autococepto es una estructura organizada de conocimiento que está compuesta por un conjunto de contenidos mentales, como creencias, percepciones, pensamientos, imágenes y evaluaciones con las que las personas describimos nuestras características personales. Es la imagen que nos hemos ido formando de nosotros mismos a lo largo de nuestra vida y está muy influida por nuestras experiencias y por cómo creemos que nos ven los demás.  

Cómo saber si nuestra autoestima está dañada

Además de las conductas que he mencionado al inicio, hay muchas pistas que nos pueden estar avisando de que algo no anda bien del todo.

  • Sientes constantemente que estás siendo evaluado. 
  • Te comparas continuamente con los demás y casi siempre sales perdiendo.
  • Te descubres frecuentemente entre pensamientos rumiativos sobre algún defecto que crees que tienes o sobre algo que no te gusta de ti. 
  • Te genera mucho nerviosismo conocer a gente nueva, tanto que a veces lo evitas. 
  • Te cuesta tomar decisiones, incluso para cosas sin importancia, como qué zapatos comprar o qué plato elegir.
  • Sientes inseguridad la mayor parte del día y especialmente en situaciones sociales o novedosas. 
  • Tienes dificultad excesivas para hablar con personas de autoridad, y sueles titubear y dudar demasiado cuando tienes que interactuar con ellas.
  • Te cuesta dar tu opinión, en parte porque crees que lo que tú pienses no es tan importante y en parte porque tienes miedo a equivocarte.  
  • Tus expectativas suelen ser de fracaso, y a veces esto te lleva a no intentar cosas y a perder oportunidades. 

Vale, te has visto reflejado o reflejada en varias de estas situaciones, ¿ahora qué? Es la hora de reparar. 

Cómo fortalecer la autoestima

Te hago spoiler, no existe ninguna receta mágica o una técnica concreta y específica que te asegure que vayas a tener la autoestima más hinchada del universo. Este rasgo es algo que se trabaja más bien de forma indirecta a través de una serie de cambios en nuestra actitud y en nuestra conducta que al final, si persistimos, inclinará la balanza hacia el lado positivo en la autovaloración. Nuestra autoestima no es algo inmutable y fijo, es variable. No se trata de estar siempre en la cresta de la ola y creernos los mejores del mundo (que tampoco sería muy recomendable), sino que se trata de tener una autoestima lo más sana posible, sabiendo que podemos tener altibajos y evitando juzgarnos doblemente (no me valoro y además me digo que soy mala persona por no quererme lo suficiente), debemos ser siempre compasivos con nosotros mismos. 

En esta entrada os comparto uno de los primeros pasitos que se pueden dar para ayudar a nuestra autoestima a ir fortaleciéndose. Iré añadiendo otros pasitos en próximas entradas.

Un pequeño paso: Cambia tu lenguaje al compararte

Gran parte de nuestra autoestima se basa en las comparaciones que hacemos de nosotros mismos con los demás. Pueden ser comparaciones sobre nuestro aspecto físico, sobre nuestra inteligencia o sobre cualquier capacidad o habilidad como fuerza, agilidad, velocidad… Tenemos un amplio abanico para medirnos respecto a los otros. Lo que ocurre a menudo es que en estas comparaciones salimos mal parados. Tenemos un sesgo cognitivo que hace que sólo veamos lo malo, aunque sólo sea un pequeña parte del todo global, y le damos un valor tremendo. Podemos vernos horribles por el sólo hecho de no estar tan delgado como la otra persona, sin tener en cuenta que la belleza es más que una talla, o dando más importancia de la cuenta al aspecto físico, como si fuera lo único que importa. Ignoramos cualquier otra virtud que podamos tener y sólo nos quedamos en que no somos tan… como esa otra persona.

Te propongo un cambio que es sencillo pero que puede tener efectos potentes. En primer lugar, es necesario que empieces a darte cuenta de que te estás comparando ¡otra vez! con los demás. A veces lo hacemos de forma tan automática que ni nos damos cuenta de que nos estamos lastimando con nuestros pensamientos. Si te fijas bien, empezarás a ver que lo hacías incluso más veces de las que pensabas. Pues bien, una vez que tengas habilidad en este arte de darte cuenta, es hora de cambiar el lenguaje que utilizas para compararte. Estamos acostumbrados a decirnos “yo soy mejor que…”, “yo soy peor que…”, “esa persona es más que yo…”, “esa otra es menos que yo”, “no sé quién es el mejor…”, y así eternamente. Prueba a cambiar el punto de vista y a buscar si tú también tienes eso que te gusta de la otra persona, aunque sea en menor cantidad. Por ejemplo, cuando te des cuenta de que ¡otra vez! estás pensando que  “Noséquien tiene los ojos más bonitos que yo”, prueba a responderte, “bueno, mis ojos también son bonitos”. O si sueles pensar que alguien es muy inteligente, y que jamás serás tan listo o lista como esa persona, dite a ti mismo “bueno, pero yo también soy inteligente”. Ve desterrando de tu vocabulario los “más que” y los “menos que” y sustituyelos por “yo también” o “yo tampoco”. Se trata de poner el foco en lo bueno que también tiene uno, en lugar de fijarnos sólo en lo que nos falta de bueno o en lo que nos sobra de malo. Te animo a probar este pequeño truco y a que observes cómo te sientes después de cambiar tu lenguaje, en comparación a como lo hacías antes. Y, si te animas, cuenta tu experiencia en los comentarios.

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